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Navarro, fines de 1867...
La devastación, el miedo y la impotencia, pronto
llegaría a nuestra gente... con una población
de aproximadamente 2.000 vecinos en el pueblo y 9.000
en la zona rural, Navarro se preparaba para recibir el
año 1868 y nada, por entonces,
hacía imaginar a este vecindario de la llegada
del flagelo que por el término de cuatro meses
azotaría a sus familias.
Portada desde las provincias del norte del país,
el cólera llegaría a la campaña bonaerense
como resultado de la migración de los porteños
que, aterrorizados por la inminente propagación,
buscaban tierras más alejadas de Buenos Aires,
pensando que el aislamiento y la distancia del puerto
y de los barrios populosos otorgaría ventajas para
evitar contagios.
Lo cierto es que ese éxodo sirvió solamente
para facilitar la transmisión de la enfermedad
y ampliar el territorio afectado. En pocos meses, la enfermedad
llegó a nuestra población.
En Navarro, durante noviembre de 1867
aumenta –llamativamente- el número de mortalidad
infantil, aunque todavía no se especifican los
motivos de las defunciones; recién el 23 de diciembre
de ese año se registran las tres primeras muertes
por cólera, las que darían inicio a la numerosísima
lista de víctimas fatales. Venera Trejo (18 años,
natural del país), Emiliano Pallero
(27 años, natural del país) y Marcelino
Pallero (3 años).
Esas tres muertes, ocurridas el mismo día, tal
vez hayan sido las que alertaron a la población
sobre la inminencia de la epidemia; pero nada, seguramente,
habría alcanzado para prevenir y predecir sobre
los cuatro meses de espanto que viviría nuestra
comunidad.
En el mismo día en que en Navarro se producen las
primeras tres expiraciones por cólera, la Revista
Médico Quirúrgica editada en Buenos Aires
describe así algunas particularidades del cólera
y sus síntomas, morbo que ya afectaban a numerosas
localidades del país:
“Algunas ligeras variantes
presenta el conjunto de síntomas de lo coléricos
que observamos: unos gozando de buena salud antes principian
por sentir flaquear sus fuerzas siendo luego acometidos
por vómitos, diarreas características y
calambres, pasando pronto al período álgido;
entonces la descomposición particular del rostro,
la supresión de la orina, el pulso insensible el
sudor abundante, frío y viscoso, la baja temperatura
de la lengua, la palabra difícil y voz afónica
unidos a la frialdad cadavérica del enfermo, nos
presentan los pródromos de una muerte cercana que
se sucede a las 8, 10, 12 ó 15 horas de haberse
principiado a manifestar los primeros síntomas.”
“Otros principian por diarreas y vómitos
biliosos (verdes) que persisten por muchas horas, sustituyéndose
en seguida por el vómito y diarrea colérica:
estos enfermos prolongan su existencia por uno, dos ó
tres días.”
Aquellas descripciones -por sí solas- alcanzan
para que hoy podamos imaginar las agonías que sufrieron
miles de navarrenses en aquel año nuevo de 1868.
La presencia de un solo médico -el Dr. Pedro Rosende-
en todo el Partido de Navarro para atender a la población
urbana y rural, y los escasos conocimientos que por entonces
se tenían sobre cómo prevenir, tratar y
erradicar la epidemia, condicionaba más aún
la seguridad sanitaria del vecindario.
La realidad geosocial del pueblo, incluía a como
problema adicional a la laguna lindera al pueblo, que
fácilmente invadía con sus aguas a las zonas
bajas de ejido urbano. Esto, combinado con los pozos de
centenares de letrinas y los escasos o nulos desagües
pluviales, contaminaban directamente el agua de los aljibes
que era consumida por los habitantes, y generaron un caldo
de cultivo más que ideal para el cólera
se constituyera en un verdadero flagelo que literalmente
diezmó a la población en poco tiempo.
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La documentación
existente, en parte rescatada por el historiador
navarrense Martín Graciano Duhalde
en su “Navarro, pagos de Juan Moreira”
(año 1979 – 248 páginas) y por
los Doctores Pedro Rivero y Carlos
Dellepiane en su “Practicante
Párides Pietranera, su actuación en
Navarro durante la epidemia de cólera”
(año 1992) nos muestra claramente sobre el
verdadero azote que recibió ésta,
nuestra tierra, y aquellos, nuestros vecinos antepasados.
Durante la primera semana a partir de la primera
jornada de muerte, el mal se mostró en toda
su magnitud, ya que desde el 23 de diciembre al
31 de diciembre de 1867 se producen 106
fallecimientos, y continuó sumando
del 1° de enero al 9 de enero de 1868, 279
fallecimientos más. |
Foto: Párides Pietranera.
Esos primeros dieciséis días ya alcanzaron
para desestabilizar socialmente a la comunidad.
La demanda de manos que ayudaran y las obligaciones municipales
devengadas del grave problema por el que atravesaba la
población, hicieron que en reiteradas oportunidades
la autoridad responsable de Navarro, el Juez de Paz, tramitara
y rogara soluciones ante el gobierno de la provincia.
El avance de la epidemia y su luctuoso saldo se modificaba
día a día, y con ello, los esfuerzos de
las autoridades para paliar –en parte- a las nefastas
consecuencias y sus continuas complicaciones adicionales.
Ya citamos que por entonces, el Partido contaba con un
solo médico; lo cierto es que a poco de iniciarse
la secuencia de muertes producto de la epidemia, el Dr.
Pedro Rosende abandona Navarro ante el fallecimiento
de uno de sus hermanos. Esto y otras carencias hacen que
el Juez Casanova Moure pida intervención al Gobierno
de la Provincia dirigiéndose para ello al Ministro
de Gobierno, Dr. Nicolás Avellaneda.
Esa era la realidad del pueblo en el que hoy vivimos placidamente.
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